ojo de girasol

Engels Castro, Colombia

1 agosto 2025

Me mandó traer unos girasoles, pero no sé dónde van. Tenían su disco floral repleto de antenillas, parecido al ojo de un cíclope. Les compré abono porque creí que podrían enraizar otra vez. Y como él ya no estaba, decidí plantarlas en la maceta de la ventana y luego tomarles unas fotos.

Me visitó al poco tiempo y trajo un florero. Lo usaba para regar las flores; supuse que él también quería verlas florecer. Pregunté en una jardinería cómo replantarlos y me dijeron algo sobre la posición de la luz. Los dejé en el alféizar. Él, por su parte, venía luego del trabajo a visitarme cada día, o eso parecía, porque olía a borrador grafiteado. 

Mi madre fue la segunda en visitarme la primera semana que me mudé. No le gustaron las flores y me recordó que la casa que vimos días antes era más fresca. Ese día escupí en su café y hablamos sobre mi viejo trabajo. “Estoy mal —le dije—, pero al menos sé que estoy mal.” 

Los girasoles estaban algo débiles, pero no me quería rendir con ellos, así que leí sobre jardinería y busqué sobre sus cuidados básicos. Al parecer, tenía que retirar las flores marchitas, pero no quise hacerlo.

Lo llamé y le pregunté sobre cómo cuidar de las flores. Me dio consejos y luego me invitó un café; yo acepté, pero le dije que no me llevara regalos. Comimos en el restaurante al que íbamos antes. Era un buffet, aunque yo me llenaba con medio plato. Él comió cinco platos y pagamos la cuenta por la mitad. No le mencioné las flores. 

Cuando volví, vi el ojo sin pétalos verme entrar. No fue mi culpa. El día que murió lloré en mi cuarto, recordando el pasado. Después, él volvió y salimos otra vez. Me confesó que veía a otra mujer. Ese día, cuando volví a casa, vi a uno de los girasoles con fuerza. Tuve esperanza. 

Fui a la jardinería y pregunté por las flores. Me recomendaron otro fertilizante para ayudarlas, aunque me dijeron que si seguían allí era buena señal. También me dijeron que les gustaba que les hablaran, que ayudaba al movimiento de sus líquidos internos. Así que llegué a casa a prisa y le hablé a los girasoles. Hasta les puse Mozart. 

En la cuarta semana tuve que ir al médico de nuevo con mi madre. Volvió a hablar de trabajo, pero ya no había café. Ella habló con el doctor la mayor parte del tiempo; yo pensaba en los girasoles. A la salida del hospital, mi madre me preguntó sobre él y le dije que estaba con otra mujer. Se calló todo el camino a casa y, antes de irse, dijo que era mi culpa. 

Cuando llegué, observé que los girasoles estaban vigorosos. Les canté una canción que aprendí de niña y los nutrí con su fertilizante. Ese día pude cocinarme algo; las manos ya no me temblaban tanto al cortar la carne. Comí mientras pensaba en moscas con ojos de girasol. Imprimí las fotos más tarde y coloqué un par en la nevera. Estaban algo borrosas, pero así me gustaban. 

Cuando llegó el final de mes él lloraba como aquel día. Se arrodilló frente a mí y soltó eufemismos hacia la otra mujer.  Me dijo que saliéramos de nuevo. Un té de hierbas, nada serio. Yo acepté porque era mejor que mirar por la ventana. Salimos a un lugar distinto ese día y me dijo las palabras de siempre. Comió menos y me dijo que encontró un nuevo colegio cerca del centro de la ciudad. Podíamos mudarnos, me dijo. Le dije que sí, pero que tenía que esperar a que los girasoles crecieran bien, eran malos para ellos los cambios bruscos en un momento tan difícil. Él no recordó al comienzo de cuáles girasoles hablaba, hasta que le mostré las fotos. Le dije que se parecían a los ojos de una mosca. Él rio. Yo también me reí. 

Yo solo quería llevarme mi ropa y los girasoles. El resto le pertenecía a mi madre, así que no demoramos empacando. Luego me prometió regalarme muchos girasoles. Le dije que los que tenía me bastaban. Pasamos días encerrados luego de eso y solo empaqué bolsas de ropa. Mi madre llegó un día a dejar los analgésicos y compresas. Se alegró de vernos juntos. 

Él ordenaba todo el desorden que había dejado en casa, mientras yo jugaba a ver caras en ropa arrugada. Tomábamos turnos para empacar cada día dentro de varias bolsas; un día, la negra; otra, la blanca, y así hasta que no tuviese ropa que ponerme. 

Recordé que debía llamar a mi madre para decirle que me prestara el auto. Salí del cuarto para hablar con ella a solas y entonces vi la maceta vacía. Ni uno solo de ellos estaba ahí. Ni uno. No veía ni pétalos ni nada. Solo un orificio profundo que terminaba en la arcilla del fondo. Se habían muerto, me dijo. Las echó a la basura hace días. Pero nunca las vi y nunca quise comprobar si era cierto. Solo le creí. 

Al día siguiente nos fuimos en el auto al nuevo apartamento y pasamos frente a otra jardinería. Una chica, mucho menor que yo, llevaba un arreglo similar al que me dio. Los girasoles me seguían pareciendo los ojos de una mosca y le comenté eso a él. Luego me dijo que podía tener todos los ojos que quisiera en casa. Miles de pequeños ojitos que no se cansarían de mirar al vacío.