migrantes del desierto

Rodrigo Ramos Bañados, Chile

29 octubre 2025

Desierto de Atacama, invierno de 2021. Migrantes venezolanos cruzan el desierto con destino a un Santiago poetizado. Ya sobrevivieron a los coyotes y las congeladas alturas de Los Andes, lo que viene es el desierto. Nunca han estado en el desierto. Llevan mochilas con algo de ropa, poco dinero y una que otra jaula con mascotas. Mujeres, hombres y niños caminan hasta quemar las suelas del calzado. Al principio son invisibles en urbes enceguecidas por la pandemia. Por las barreras sanitarias pernoctan en parques, avenidas y en la playa. Las noches se hacen eternas. Generan ruido. Las ciudades no son amables. El migrante pobre molesta. Huelen a grasa quemada. Sus costumbres fastidian. 

La plaza Brasil, en Iquique, se transforma en un improvisado y carente campamento. Carpas iglús se mezclan con colorinches frazadas. No hay baños. El aroma a mierda sube y llega a las narices de los vecinos de los edificios. Ropas y bicicletas que se pierden. Los culpables están abajo, descuartizando al barrio. En otros lugares sucede lo mismo. No todos los migrantes aguantan el escarnio. Piensan en el paraíso de Santiago y se enganchan a la carretera. 

La caravana se engruesa mientras se flexibilizan las barreras sanitarias. La larva migratoria avanza hacia el sur. Desierto. Acantilados. Túneles. Playas que parecen eternas. Aves que migran hacia el norte. Buses que se detienen. La desembocadura del enjuto río Loa, el único que cruza el desierto, se transforma en un improvisado lugar de descanso. El migrante, mientras camina, sueña con bosques, lluvias y sonidos de animales, pero el desierto parece eterno. La escala es en el terminal de buses de Antofagasta. Las carpas iglús como una cuerda comienza a abrazar al terminal, a apretarlo. Hay cientos de personas, si no miles a quienes nadie espera. La cuerda cede y los migrantes como esquirlas saltan a la costanera de la ciudad y a otros rincones para pernoctar otras noches eternas en una ciudad donde nadie los quiere y continuar su viaje al Santiago soñado. Al sur de Antofagasta habrá otro desierto por cruzar. 

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