LA TÍA ROSA Y EL AMOR
Alejandro González Mañoso, Madrid
29 octubre 2025
La tía Rosa está soltera porque quiere.
En el coche, mamá habla sobre la tía Rosa. Creo que le tiene mucha envidia. Papá conduce con la mirada fija en la carretera sin decir nada.
— Ella siempre ha ido por libre, siempre ha hecho lo que ha querido.
Cuando mamá habla, a veces suena a acusación.
Papá frena en un semáforo y mira el reloj. Mamá apoya la mano en su pierna.
— Vamos bien.
Últimamente, van mucho al teatro y mamá dice que no hay obras de las que me gustan, así que es mejor que me quede con la tía Rosa porque me voy a aburrir. A mí me gusta mucho quedarme con ella. En la casa de la tía Rosa no hay libros, sólo revistas. La tía Rosa y yo leemos el zodiaco de la parte de atrás y hacemos los cuestionarios para saber si le gustas o no a un chico. Papá se enfadaría mucho porque los hombres no leen revistas.
Mamá sigue hablando, — Y mira que me dio pena cuando la estafaron con lo de las vacaciones, pero es que hay que ser tonta para dar el pin de tu tarjeta por teléfono. Además, ¿qué hace ella sola en Punta Cana?
Papá para el coche en el portal de la tía Rosa. Es un edificio de ladrillo con muchos balcones. En el balcón de la tía Rosa, cuelga un vestido dorado con una cola muy larga que se ondea con el viento.
Mamá dice que si me importa subir solo, que llegan tarde. Digo que no me importa. Me dice que coja la mochila de atrás y que le dé un beso a la tía Rosa de su parte y de la de papá. Que me recogen mañana temprano, sobre las once, pero que igual más tarde.
Me bajo del coche y aprieto el número veintitrés en el telefonillo.
— ¡Te abro! — Grita la tía Rosa. Su voz sale del altavoz como la de un robot. Papá arranca el coche antes de que entre en el portal. El ascensor sigue roto.
La tía Rosa grita al verme y me da un beso muy fuerte. Cuando la tía Rosa te da un beso, te coge la cara con las manos y hace mucho ruido, como un globo desinflándose. Siempre te deja pintalabios en la mejilla y si intentas quitártelo, parece que te han dado un puñetazo. Creo que lo hace a propósito.
— ¿Qué te parece? — dice señalando el vestido.
Es muy elegante, de color rojo. Parece la cortina de un teatro. La tía Rosa siempre lleva vestidos elegantes para estar por casa, aunque mamá solo me deja usar la camisa de la comunión los días importantes porque si no, se mancha.
— Es muy bonito.
—¿Y el pelo? Creo que el naranja igual es mi nuevo color.
La tía Rosa me da otro beso y me coge de la mano y trotamos por el pasillo hasta el salón.
En el salón hay dos butacas, un calefactor, una mesita con una tele y una estantería vacía. Me dice que espere en una de las butacas y me siento en la de color granate porque tiene un arañazo por donde se escapa el algodón y me gusta sacarlo mientras hablamos.
La tía Rosa vuelve de la cocina con una tarta de nata.
— La he comprado para ti. Te tengo mil cosas que contar… ¡Vaya semana! — La tía Rosa habla moviendo mucho el cuchillo.
Me corta una porción muy grande y me la da envuelta en una servilleta. Ella no se corta ningún trozo.
— ¿Te acuerdas de que te dije que tenía una cita con un cobrador de seguros?
La tía Rosa tiene citas todas las semanas porque muchos hombres quieren salir con ella. Es porque es muy guapa y se echa crema en las manos y perfume de cereza. Le digo que sí que me acuerdo. El cobrador de seguros se llama Carlos y vive en el bloque. Una vez, subiendo las escaleras, le vi en su puerta en bata de pijama discutiendo con dos policías.
— ¡Qué hombre más poco gracioso! A mí lo que me gusta es que me hagan reír. Y no paraba de hablarme de seguros y de gente que muere electrocutada haciendo tostadas. Quería subir a casa a comprobar mi tostadora. Yo quería irme, pero es que me había puesto muy guapa. Te hice caso y me puse el vestido dorado, ese de lentejuelas que escogimos. Odio gastar vestidos bonitos en citas malas. Y al final… ¡quería compartir la cuenta! ¿Te lo puedes creer? Después de no haberme hecho reír ni una sola vez. No creo que vaya a volver a salir con él, aunque me ha invitado a ser su acompañante a una reunión de cobradores de seguros. Ahí solo va gente importante. Igual voy. ¿Crees que debería darle otra oportunidad?
La tía Rosa siempre me pide consejos sobre amor y siempre me hace caso.
— Creo que deberías salir con él otra vez porque igual estaba nervioso. Y cuando estás nervioso no eres gracioso.
— Tienes razón. Qué bueno eres siempre.
La tía Rosa se levanta y da vueltas por la habitación. Yo me termino mi porción de tarta y la tía me corta otro trozo y después otro. Coge un cigarro del jarrón donde los esconde y me pide que se lo encienda porque ella no puede con las uñas de gel. Se lo coloca en la boca y se acerca mucho a mí. Los labios de la tía Rosa son muy rojos y brillan mucho. Me sonríe como si algo le hiciera gracia. Aprieto el mechero con los dos pulgares y la llama baila entre mis dedos. La tía Rosa fuma echando la cabeza hacia atrás, como una actriz.
— Hay otro chico que quiere sacarme a salir, es bombero, pero me estoy haciendo un poco de rogar. Hazme caso, si aprendes una cosa de mí que sea esta: nunca parezcas desesperado por que te quieran.
La tía Rosa sabe muchas cosas de la vida porque ha vivido muchas cosas. Me gusta cuando me habla de todos sus novios porque ha tenido novios con trabajos muy divertidos. La tía Rosa podría estar con cualquiera de ellos, pero todavía está buscando uno que sea bueno para ella.
Me da otro trozo de tarta.
— Te tengo que contar cuando un cura intentó meterme mano.
Cuando ya está atardeciendo, me he terminado toda la tarta, la tía Rosa se ha fumado seis cigarros y está cansada de hablar de amor. Enciende la televisión y pone una telenovela donde la gente se mira a los ojos como si fueran a atravesarse y se dan besos mientras montan a caballo. Papá odia las telenovelas y nunca me deja verlas. Cojo una revista de la estantería. Es del verano pasado. La tía Rosa dice que me salte la sección de consejos para adelgazar porque son todos mentira y seguro que los ha escrito una gorda. Recuesta la cabeza sobre mi hombro y vemos la televisión en silencio. Estoy muy contento …
Me despierto cuando alguien grita en la televisión. El salón está a oscuras y la tía Rosa no está. Hace mucho frío.
— ¿Tía Rosa?
Me levanto y camino por el pasillo. Los gritos siguen sonando en la televisión y la luz parpadea iluminando el pasillo de colores. Escucho una respiración fuerte en la habitación del fondo. Igual está haciendo ejercicio. La tía Rosa a veces hace ejercicio de madrugada cuando dice que ha cenado mucho. Tanteo en la oscuridad hasta dar con el interruptor y voy hasta la habitación.
Empujo la puerta sin hacer ruido y veo a la tía Rosa sentada sobre el colchón desnudo. El espejo de la cómoda está roto y hay una botella tirada en el suelo. La tía sostiene una vela de cumpleaños y la mira fijamente. Le caen lágrimas negras. Le digo:
—Se ha acabado la telenovela.
La tía Rosa se gira de golpe hacia mí y me coge por los hombros y me empuja fuera de la habitación. Está llorando como si se atragantara. Se recuesta en la pared del pasillo y se desliza hasta el suelo. Yo me siento a su lado. Junta las manos y me doy cuenta de que tiene sangre en las uñas. Me mira a través del pelo que le cae por la cara, con los ojos muy rojos.
— ¿Yo te parezco guapa?
Le digo que sí.