EL VIENTO EN MEDIO DE LOS LABIOS
Nicolás Marquéz, Guerrero, México
5 noviembre 2025
Ígnea González se fue de casa apagando la luz de la sala. De pronto me había quedado sentado en una silla en medio de todo, caí en cuenta de mi soledad. Estábamos yo y el ataúd de su padre, Roberto González, la única compañía con la que llevaría la tarde, en lo que Ígnea regresaba. Ahí, en la silla de madera de roble, yo le contaba antiguas anécdotas a Roberto de las que nunca supo nada, ni pudo intuir en vida. Una de muchas, por ejemplo, el día que Ígnea se entregó conmigo al gran calor de una tarde de domingo. Se lo conté con mucho respeto, don Roberto, le dije, quiero que sepa que yo amo a su hija, y se lo cuento con la confianza que le tengo, pues considero que esto lo debe saber, y si no es ahorita, usted se irá a la tierra y ahí no me escuchará para nada. También le conté la vez que Ígnea llegó llorando del trabajo, yo no tenía dinero para la renta y casi estaban por corrernos de la casa. Se la iban a dar a un gringo que había llegado de California, y yo que debía dos meses de renta, el trabajo de vendedor no daba para nada, pues ya nadie compraba vasijas decoradas. Cuando Ígnea se tumbó a mis hombros y se desaguó toda, yo sentía el pecho comprimido, pero señor Roberto, le dije con seguridad, nunca pensé en pedirle dinero a usted, a cambio solo quería honrar mi promesa de cuidar a su hija y que ella me cuidara a mí, como usted me ordenó mirándome a los ojos “cuida tú de ella y ella de ti, busca la honra del amor, pues sola no llega, y si sola llega, que se preocupe el amor”. Usted me lo dijo cuando llegué al altar el día de la boda, y yo, pude darle un beso en la mejilla y un abrazo fuerte como de hijo a padre cuando se vuelve un viejo joven. Eso pensaba, cuando ígnea me estrujo el corazón y dijo “papá muere” y nada más, de esa boca no salió nada más, hasta el día de hoy que no decía nada, una semana del tratamiento salvaje que los médicos intentaron, el médico Jesús Román se disculpó, me dijo a mí que nada se podía hacer por usted, me dio fecha para su despedida, sabía el día exacto en que usted moriría, era horrible saber con certeza el día en que fuera a partir, yo sabía lo que usted se llevaría, toda la fuerza de su hija y la mía, la de cada cosa que usted pudo tocar en vida, cantar y amar. Por último, antes de que ígnea llegara, le recordé la vez en que pude verlo vivo, aún en la camilla, conectado a los cables, “hijo” me preguntó, yo le asentí, “no le digas a nadie que me voy a morir, pues la muerte no es el final”. Ígnea llegó al fin, se murió ella también, como su padre, en lágrimas llenas de oro finado. “Papá murió” me dijo, y ambos lloramos, hasta el señor Roberto.