EL AURA
Juan Manuel Caballero, España
11 diciembre 2025
Deshilachada, anodina, funesta, capciosa. La vida de Z transitaba, a pesar de todo, tranquila. Pero también inane, como si discurriera por una especie de cauce con sus pequeñas ramificaciones, algún meandro, aunque de escaso recorrido, enseguida abortados en su frugal osadía por culpa de la pobreza de carácter, por la repudia íntima a la aventura exterior. «Has perdido una mano, Z, pero has ganado un muñón», le dijo en una ocasión, en plan simbólico, un psicólogo de la SS (léase, por favor, Seguridad Social).
Y así era que circulaba, por el muñón de su vida, día tras día, comenzando la andadura en el cada vez más desganado corazón de un amanecer incansablemente reeditado por más que nadie, excepto Z, posara nunca la mirada sobre él, y concluyendo en el paredón de la cicatriz para regresar y volver a empezar, como el manierismo de un TOC psicótico.
Entre zarandeado y atónito por las ocurrencias de los hombres que le salían al paso tanto en las calles como en algún ocasional televisor, la vida de Z había decantado en una suerte de convivencia animal y pura, de miradas prístinas y amor incondicionado, en el seno de aquel grupo, donde se limitaba a ser uno más, que formaba con los tres gatos y un perrino con los que convivía.
Al menos, se decía Z alguna vez, no ha de faltar el largo paseo diario con el perro por la raya serpenteante de la linde del río, así llueva o estemos en plena canícula. En aquel entorno, además, se libraba de la presencia del cazador, que le hacía silbar su munición cerca del oído cuando alguna vez se le había ocurrido salir con su cánido camarada al escaso campo abierto que todavía respetaban las alambradas.
Aquella mañana salieron temprano del pueblo para ver despuntar el día desde el río. Una vez allí, como siempre, comenzaron la andadura a la altura del viejo puente que en tiempos servía para que el tren salvase la vaguada. Anduvieron los dos kilómetros habituales, expeditos de maleza, donde el pequeño Grizzly podía correr y chapotear a voluntad. Al llegar al punto donde la ribera se hacía hirsuta de bosque de chopo y sarga y eucalipto siempre daban la vuelta, pero por algún motivo ese día era diferente y resolvieron inmiscuirse en las cuitas que fueran de desarrollo en el interior del verdor.
Aún caminaron doscientos metros por dentro de aquel mundo apartado, apretado, donde el silencio se extendía, entre carrizos y endrinos y hiedras, sobre un tapete de suaves chirridos de insectos, de extraños y pequeños asomos entre la vegetación que, al sentirse descubiertos, desaparecían súbitos, como fantasmas de bosque, dejando tras de sí un farfullar de hojarasca. Algo impulsó a Z a no dar la vuelta todavía a pesar del largo recorrido que les esperaba de retorno a casa. Al poco, todo sucedió.
Fue en un tímido clarear de aquella pequeña jungla tan cercana como inhóspita, donde el sol extendía sus todavía cohibidos tentáculos para cosquillear la espesura con sus puntas luminosas y cálidas.
Sorprendido por el arrobo de la inesperada intromisión del imperio del astro rey en aquel pedazo de tierra robado por la vegetación, las pupilas de Z se contrajeron. Y bien que pareciera que lo hubieran hecho como preludio del arrebato volador de una oropéndola que, saliendo de entre el ramaje del árbol sobre el que Z apoyaba su mano para conservar la verticalidad ante el pinchazo de luz, puso rumbo a la orilla contraria del río. Ocurrió entonces que, mientras la miraba volar atravesando el amplio cauce desde aquella calva del bosque, sintió como que un aura hechicera lo envolvía. Y he aquí que, sumido de facto en inopinado éxtasis, pasado, presente y futuro se avinieron y todo parecióle, mientras imbuido de aquel designio estuvo, estar en su lugar exacto. Era como si el gran puzle de la vida se completase ante sus ojos en apenas unos segundos, sí, pero que encerraban la eternidad entera. Todo en absoluto tuvo en ese lapso su razón y su lugar: también la mezquindad y la lujuria (tal vez, quién sabe, si como némesis para que terminen reinando la sabiduría y la justicia y la bondad de espíritu), la desdicha y el abatimiento, pero que ya no eran concebidos como tales o, al menos, no solo como tales. Henchido de gozo, una paz inabarcable e ingénita lo envolvió en una caricia que no olvidó resquicio alguno de su ser, del táctil y del etéreo. Y no solo de lo humano le habló aquello sin que mediase palabra, también de lo divino, del antes y del después de todo, que resultaba ser un lo mismo que todo, solo que menos material e irrevocablemente abocado a la quietud omnisciente y a la dicha eterna.
Tras ello, el apagón de ese viento remoto que por un instante lo rozó, la vuelta a la normalidad. Pero enseguida se dio cuenta Z de que se trataba de una normalidad, en realidad, distinta, de que nada ya volvería a ser lo mismo; y comprendió que el sabor de la felicidad, aun sutilmente, le quedaría para siempre impregnado en el cielo de la boca. Y todo ello por más que, si así él lo decidía, continuase hasta el fin de sus días en aquel tren de vida de mínimos. Porque no hay escala alguna que mida la vida de los hombres.
Mientras regresaban fue consciente (tal vez ambos lo fueron) de que, en un guiño nunca imaginado, su destino le había reservado un lugar entre los hombres privilegiados, pues no todos los hombres, ni mucho menos, son acreedores de la irrupción en su vida de una epifanía. Había oído, tal vez leído, sobre ellas, pero de manera vaga, confusa, incompleta. Ahora lo comprendía: no era fácil describirlas con palabras. Aun así, tuvo la irrefutable certeza de que había experimentado una de ellas. Si volvería a sentir otra alguna vez, lo ignoraba. Pero sabía que no era necesario, porque su enseñanza le acompañaría por la eternidad así se desmoronase el mundo ante sus ojos. Aparentemente.
Y llegaron a casa sin darse cuenta, sabedores de que, en el fondo, todo tenía sentido; de que, quién lo diría, todo estaba, en la realidad profunda y esencial, justo donde debía estar, ocupando el exacto lugar que en cada momento le correspondía.
Apenas abrió la puerta de su vieja casa, vio que los tres gatos los esperaban, expectantes, quietos como estatuas erigidas a la dignidad más inconmensurable. Y mientras él, Z, se les acercaba para saludarlos, lo miraron como nunca antes lo habían mirado. Como conocedores de la irrupción en su humano compañero de aquello que, quizá, ellos supieron desde siempre.