dignidad
Juan Manuel Caballero, España
17 noviembre 2025
Esa mañana le había vuelto a pasar: cuando despertó, estaba ahí, a su lado, en la parte izquierda de la cama. Luego abrió los ojos y se giró, y como todas las mañanas hacía ya más de mes y medio, allí no había nadie; nadie tangible, al menos. Como no era proclive al pensamiento mágico, no tenía ni idea de si era posible la existencia del fantasma de alguien vivo, pero a fe que todo indicaba que él venía siendo testigo de semejante fenómeno.
Había recordado esto de una manera peculiar y extremadamente fugaz: como cuando alguien estornuda tres mesas más allá en la terraza de un bar y notas que una levísima partícula de su saliva se instala en tu ojo de repente, diluyéndose en una microscópica sensación de frescura. O más bien, dada la condición deletérea que llegó a tener la fantasmagoría, como la mordedura subitánea, mientras caminas por el campo, de algún pequeño animal rastrero y ponzoñoso al que no llegas a ver después. Le resultó curioso, en todo caso, cómo aun en aquellas condiciones en las que se encontraba, se podía pensar de manera tan cristalina, mejor incluso que en cualquier otro momento. Al menos en principio, porque la cosa no había hecho más que comenzar, aunque una creciente presión en la cabeza no hacía presagiar nada bueno. Esto último lo llevó entonces a acordarse, como si a la evocación la hubiese parido en el nido de su entendedera el vientre de una centella, de sus ocasionales ataques de migraña; por más que esto fuese distinto, y aún peor; así como si toda su cabeza precisase de una urgente operación de descompresión.
Al menos, el último de sus pensamientos, de sus recuerdos, fue, de algún modo, más indulgente. Le fue proyectado, sobre la pantalla que parecía habérsele desplegado en el interior de su cráneo (¿vendría de ahí la ya casi insoportable presión en su cabeza?, je), algo parecido al momento en que todo sucedió. Pudo así revisar, a pesar de la evidencia de que el aliento le faltaba mientras lo hacía, cómo ella, la mujer con la que había compartido una buena porción de su vida, le abandonaba sin previo aviso, sin nada aparentemente sustancial que reprocharle (algo dijo de unas alas en los pies), sin haber mostrado el menor indicio de ello durante los días precedentes, con frialdad criogénica. Como si fuera otra persona, ajena, remota, extranjera del todo del lecho de su alma y de la casa que compartían. Como si la convivencia de 17 años se hubiera reducido, por mor de una sofisticada fórmula solo existente en la mente femenina, a 17 segundos. Al menos, él actuó con tal y tan magnánima dignidad que llegó a pensar que no era suya: encendió un cigarrillo y se lo fumó con el pulso firme y drástico mutismo mientras la miraba a los ojos, mientras la veía girarse y agarrar la maleta que había tenido escondida; mientras la observaba cerrar la puerta sin siquiera mirar atrás por un segundo.
Soportando el dolor y la ausencia de hálito, esta vez su consciencia se alió con su organismo para recuperar una pulsión relicta de aquella otra época que había quedado sepultada por los escombros, a decir de ella, producto del impacto de un meteorito de profundo hastío. Y así, notó cómo brotaba en él un impulso sexual inesperado, único, fulgurante, que se manifestó recio, regio, exultante hacia la mitad de su cuerpo, y que permaneció allí mientras, enseguida, todo, recuerdos, dolor bifurcado, pensamiento, inopinada lascivia, se fue difuminando ante sus ojos hinchados y de párpados cerúleos que se cerraban.
Después, todo se apagó.
Y, mal anudada como estaba y en respuesta a la agitación postrera, una de sus zapatillas caía desde sus pies levitantes.