cu cu
Juan Antonio Morales, España
3 noviembre 2026
Un bebé juega con su madre al adorable juego de cubrirse y descubrirse. Cada vez que el pequeño Lucas se oculta, la madre exclama lo que él mismo es incapaz de expresar: el deseo figurado de no ser visto y, sin embargo, encontrado prontamente. «¡Cu cu!, no estoy», dice la madre, y a Lucas le entra la risa nerviosa. El bebé sujeta la sábana con fuerza. La rolliza pierna asoma más allá de la tela y su figura de Buda, sentado en la cunita, se trasluce bajo la tela.
Todos los bebés, hacia el séptimo u octavo mes de vida, se entretienen haciéndose “invisibles” para mamá y papá. El juego les ayuda a superar la angustia de la ausencia cuando, tras retirar la sábana, descubren que ellos siguen ahí. Entretanto, la voz amorosa de la madre hace de hilo conductor y los mantiene unidos durante la supuesta desaparición. Lo que asusta, lo que espanta es que algo tan débil, tan etéreo, tan efímero como la palabra los sostenga a ambos entre dos mundos. La voz es el cabo que arroja la madre por la borda para auxiliar a su bebé, y solo este elemento le proporciona seguridad cuando se siente perdido. De otro modo, jamás cerraría el niño los ojos y jamás se atrevería a apartarse de su madre. El juego le permite aprender que tras la ausencia está el reencuentro, y que ella lo esperará siempre al otro lado.
Lucas ríe nerviosamente, aparta la sábana y se tira en brazos de su madre. Ella lo acoge con gusto y le pregunta «¿dónde estabas?», pero él se ciñe con fuerza a su pecho. Lo nota agitado, casi febril, aunque feliz. Y en seguida decide probar de nuevo. ¿Qué le mueve a desaparecer otra vez? La adrenalina, sin duda, que es un estimulante poderoso y que se desborda como un torrente ante una situación de peligro. Lucas se apodera de la orilla de la sábana para taparse una vez más. Su madre le ríe la gracia. A él le dan los nervios. «¿Dónde estás, Lucas?, ¿dónde está mi niño?», dice la madre.
El niño finge que no está. Se impacienta, y no tarda en aparecer del otro lado con una sonrisa enorme. La madre lo recibe con un sonoro beso. El niño necesita saber que cuando él desaparece, sus padres se angustian y lo buscan con denuedo. También es una prueba de valor para él que precisa saber si puede superar con éxito ese breve instante de evanescencia. Y una vez más, atrapa la tela y se cubre con ella. «¿Lucaaas?, ¿te has ido otra vez?». El niño se carcajea. «¡Uy!, mi niño se ha ido», dice ella con impostada perplejidad. La ausencia se le hace eterna al otro lado, pero sabe que debe esperar a que su madre lo reclame antes de aparecer. Y vuelve a salir con una sonrisa pintada en el rostro. La madre se conmueve frente a él y lo abraza. Él reconoce, de inmediato, aquella cara que lo espera. Es la de su madre, la reconocería en cualquier lugar porque son aquellos ojos grandes y azules los que lo miraban desde los primeros días.
Y aquellos, los labios que lo besaban a todas horas. Estira sus manitas y acaricia el mentón definido de aquel rostro amable que tanto lo reconforta. Y nuevamente se oculta. «¿Y mi niño, dónde está mi niño?». Lucas ríe tras la tela y espera ansioso el momento de regresar. La silueta de su madre se dibuja enfrente; es un bulto al que le han crecido antenas y cuyos brazos, antes carnosos y delicados, se han convertido ahora en dos extremos largos y articulados que se agitan orgánicamente. Lucas se detiene y retira la colcha con lentitud, y es la misma voz amorosa la que le habla, pero aquel ser del otro lado ya no es su madre. Embargado por el horror, se cubre de nuevo y llora desconsoladamente, porque no reconoce aquellos ojos de insecto que lo miran, ni aquella boca en forma de trompa de cuyo extremo brota una delgada lengua que succiona. Aquella máscara infame no es el semblante amoroso de su madre y, sin embargo, le habla como ella.